domingo, 11 de noviembre de 2012

EL RELATO DEL DIA: MIS COMPAÑEROS DEL CAMPAMENTO

Hola. Mi seudónimo es "Ronny" y vivo en La Paz, Bolivia. Cuando tenía 17 años, a solicitud de mis compañeros de curso, el Director del colegio dio su consentimiento para que toda la clase realizara un campamento de tres días y dos noches. Íbamos acompañados por el profesor de Matemáticas y por el Regente de Secundaria (una especie de Director exclusivo para los cursos superiores). Nuestro destino fue "Los Yungas", que agrupa a varias poblaciones y extensas propiedades privadas del trópico occidental de mi país. El padre de uno de mis compañeros era propietario de una quinta que, además de producir toda clase de fruta y gran variedad de flores, contaba con una casa de campo y una amplia zona desierta que utilizaríamos para instalar las carpas que nos cobijarían por la noche. 

Un rústico camión, de esos que transportan los productos naturales de la provincia hacia la capital, nos llevó hasta la población de "Coroico". Desde ahí, los 54 chicos que integrábamos el grupo debíamos emprender una larga caminata de unas dos horas para llegar a la finca. 

Por alguna razón, cinco compañeros (que no eran precisamente amigos míos) y yo, nos vimos pronto apartados del grupo. El resto nos había dejado atrás con gran ventaja; sin embargo, ello no nos preocupó en absoluto y, entre risas y charlas, seguimos el sendero que, según creíamos, habían transitado los demás. 

Después de caminar durante unos 40 minutos nos dimos cuenta que no existían señales que indicaran la proximidad de mis compañeros. Tampoco encontramos huellas de zapatos en la tierra del camino. Esperanzados continuamos avanzando hasta encontrarnos con un precipicio que marcaba el final del camino. El paisaje era hermoso; pero no pudimos disfrutarlo ante la evidencia irrefutable de que nos encontrábamos perdidos, en medio de la nada. Habían transcurrido más de tres horas de caminata y, para desgracia nuestra, comenzaba a anochecer. 

A eso de las 9 de la noche, en medio de una oscuridad absoluta, solo iluminados por el brillo de las estrellas, en el corazón del desierto valle tropical de "Los Yungas", los seis muchachos estábamos agotados, sedientos y hambrientos. Habíamos bebido toda el agua de nuestras cantimploras y en nuestras mochilas llevábamos unas cuantas latas de sardinas y atún que no pudimos abrir pese a todos los esfuerzos. Solo engullimos unos cuantos panes que el más odiado del curso había llevado a escondidas... ¡Sí!... Además de todo, me encontraba extraviado junto al más odiado de la clase. 

Pudimos ver, desde las alturas, lo que parecía una especie de casa, con paredes de adobe y techo de paja. Contentos retomamos la marcha, ésta vez más de prisa. Creímos estar cerca de la choza; pero los minutos pasaban y pasaban... ¡parecía que la casa se alejaba conforme caminábamos!. Finalmente, como a las 10 de la noche, llegamos al lugar. Una vez más nos habíamos equivocado: lo que parecía una casa en realidad era una especie de cobertizo que, supusimos, era utilizado por los campesinos para almacenar la cosecha. 

El cuarto, que medía solo dos metros de largo por uno de ancho, se encontraba vacío y el olor a estiércol lo invadía por completo. Encendí un fósforo para poder explorar el lugar y, en cuanto lo hice, desde las vigas del techo se descolgaron varios murciélagos que huyeron volando hacia el exterior. Por supuesto, ninguno de nosotros pudo contener los gritos de pánico y todos terminamos a un costado del cobertizo, sentados en las piedras, lamentando nuestra suerte mientras recuperábamos el aliento. 

Para colmo de males, en cuestión de segundos, el cielo se cubrió de nubes oscuras y una tormenta eléctrica anunció la lluvia que no tardó en convertirse en un verdadero diluvio. Los rayos iluminaban toda la región de manera terrorífica y el ruido de los truenos daba la impresión de que el fin del mundo se acercaba. Tomando coraje, los seis chicos nos refugiamos en el cobertizo. Por suerte los murciélagos habían huido; pero los ratones negros que se observaban entre la paja apilada en un costado me parecían igualmente asquerosos. 

Entonces sugerí a los demás lo que a esas alturas del partido era obvio: "Tendremos que pasar la noche aquí. Mañana nos reuniremos con el curso". 

Ahora, recuperando la serenidad, mientras la lluvia cae sobre el campo y cuando todos estamos acurrucados mirando al suelo, apoyados en las paredes de adobe, aprovecho para contarles quiénes me acompañaban en tal desgracia: El primero era Luis, el "chico nuevo" de la clase. Delgado, de tez blanca y ojos verdes, con el cabello cortado en forma de casco, algo nervioso de carácter y bastante tímido (Luis era el único chico del salón al que le había crecido sobre la boca una pelusa que, para nosotros, era un bigote respetable). El segundo, Miguel, era un chico rubio, casi alvino, pecoso e hiperactivo. Para él todo era motivo de broma (esta era la primera vez que vi a Miguel al borde del llanto... parecía otra persona). El nombre del tercero era Carlos. Era el menor de todo el curso (tenía 15 años); pero también era uno de los más atractivos. Pese a ser muy masculino, poseía facciones casi femeninas: pestañas largas y oscuras, cejas que parecían haber sido marcadas por un delineador, labios gruesos y piel moderadamente bronceada que le daba un tono zanahoria que muchas estrellas de cine desearían lograr. El cuarto era Gonzalo, el "odiado de la clase". Era lo que bien podría describirse como "nerd". Siempre usaba camisas a cuadros abotonadas hasta el cuello y un cinturón que rodeaba la parte superior de su abdomen, lo cual elevaba graciosamente el extremo opuesto de sus pantalones de casimir, revelando por completo sus calcetines con rombos. Sus gruesos lentes parecían binoculares y, mejor no sigo. Finalmente, quien completaba el grupo de "niños perdidos" era Diego. Era todo un "machito". Alto, de espaldas anchas y extremidades musculosas. Era, por aquella época, uno de los pocos chicos que llevaban aretes en la oreja izquierda (¡todo un escándalo!). Vestía chaquetas de cuero negro y usaba jeans ajustados y pulseras con púas. Toda su ropa, que a simple vista lucía desaliñada, era en extremo costosa. La mayoría de mis compañeros reconocía, con mayor o menor agrado, que Diego era un chico sensual... y, para que un heterosexual acepte y admire la belleza de otro hombre, los atributos físicos de éste deben ser más que sobresalientes. 

Volvamos a las montañas del trópico de La Paz, Bolivia. Ahí estábamos, temblando de frío y miedo. Habíamos encendido una vela que iluminaba a duras penas el minúsculo recinto. Maldije el momento en que decidí dejar en casa mi linterna, una manta, un gorro de lana y una bolsa de papas fritas para ocupar mi mochila con un juego de naipes, unas raquetas de tenis y una pelota de fútbol. Entonces, Luis tomó la iniciativa y dijo "Juntémonos para darnos calor entre todos". Sin pensarlo dos veces, nos acomodamos uno al lado del otro, sentados en el suelo, apoyados en una de las paredes, evitando los chorros de agua que caían del techo. Estuvimos así por algunos instantes, en silencio, hasta que Miguel, como siempre, comenzó a ver la trágica situación desde el lado gracioso. Al ver que Diego se encontraba junto a él, decidió jugarle una broma. Aprovechando la oscuridad y la proximidad de los cuerpos, sigilosamente, Miguel comenzó a recorrer con su mano la pierna de Diego. Unos segundos después, éste último pegó el grito al cielo y, creyendo que un ratón había subido a su pantalón, dio un brinco que hizo que el resto perdiéramos el apoyo, desplomándonos sobre el suelo mojado, unos sobre otros. Al levantarse, Diego resbaló en el barro y también terminó empapado y sucio. 

Por supuesto, Miguel fue el único que disfrutó ese instante, pues ninguno de nosotros se explicaba lo sucedido. Diego, totalmente enfurecido, tomó al bromista de la cabeza hasta lograr enterrar su rostro en el barro y completó el castigo arrojándole bolas de fango que mancharon toda su ropa. 

Pasado el mal momento nos dimos cuenta que todos habíamos quedado empapados y enlodados. "¡Mierda!... ¡Ahora vamos a morir de pulmonía!", dijo Gonzalo. Intentando calmar al grupo, Carlos respondió: "¡Calma!... No es el fin del mundo. Tenemos ropa seca en las mochilas. Nos cambiamos y listo." Carlos apenas terminaba de decir eso cuando, como por arte de magia, la recia lluvia dejó de caer del cielo, como si alguien hubiera cerrado el grifo de una ducha gigante. 

Eran las 11:30 cuando salimos del cobertizo para sentarnos en las piedras del camino. Tomamos nuestras mochilas y sacamos ropa seca para cambiarnos al aire libre. Luis fue el primero en desvestirse. No pude evitar aprovechar aquel momento para observar, casi sin disimulo, el pecho desnudo de mi compañero. Cuando se quitó el pantalón me di cuenta que no era el único que miraba: todos los demás recorrían con la vista el delgado cuerpo de Luis. Para sorpresa nuestra, con absoluta naturalidad, el chico se quitó el calzoncillo, quedando en pelotas ante nosotros, exprimiendo la ropa mojada y agachándose para recoger las prendas secas, dejando ver al resto sus nalgas e incluso su ano. Era un espectáculo que los cinco observamos absteniéndonos de emitir cualquier comentario. Al notar nuestro silencio, Luis dio vuelta y nos miró extrañado y casi furioso. "¿Qué les pasa?, ¿Qué mierda miran?, ¿no van a cambiarse?". 

"To... ¿todo?", preguntó Gonzalo. "¡Claro, imbécil", respondió Diego, "¿O es que acaso quieres congelarte los huevos con tus calzones mojados?"... 

"Es que... mis cal... zon... cillos n-no están mojados", dijo Gonzalo, mientras recorría con sus manos sus nalgas y sus genitales comprobando tal afirmación. 

Miguel intervino: "Si uno se 'empelota', todos se 'empelotan'. No quiero que andes contando a todos cómo son nuestras vergas sin que hayamos visto la tuya." 

Una vez fijadas las reglas del juego todos procedimos a desnudarnos. Incluso, cuando Luis intentó vestirse antes que el resto, fui yo quien le dijo que eso no era justo. Que todos lo haríamos al mismo tiempo. 

Estábamos ahí, en medio del oscuro sendero, todos desnudos, pisando los charcos, observándonos sin intenciones de vestirnos, quizás disfrutando el momento (de una u otra manera). 

Miguel ponderó el tamaño del pene de Diego. Ese chico no solo era bello sino que, además, tenía un "pingo" de unos 15 centímetros que colgaba flácido sobre sus testículos redondos. Mi verga medía 14 centímetros en erección y unos 10 centímetros en estado normal. Además, el frío y la humedad de aquella noche habían reducido mi miembro a la mínima expresión. Parecía el "pitito" de un niño de 3 años... ¡Qué vergüenza!... 

Bueno, a decir verdad, los otros chicos no eran diferentes a mi. Unos tenían más vello que otros, algunos teníamos las bolas encogidas y pegadas al pubis. No había razón para avergonzarse. 

Mientras razonaba aquello, la pija de Carlos había crecido considerablemente. Estaba tan dura y parada como un mástil. Todos comenzamos a reír mientras él intentaba ocultar su miembro con las manos. "¡No jodan!... ¡No tiene nada de malo!... ¿A Ustedes no se les para, cabrones?", replicó Carlos. Todos reaccionamos afirmando que "Por supuesto. A todos se nos para". Comenzamos a vestirnos y, una vez que todos nos cambiamos de ropa, volvimos a ingresar al cobertizo, esta vez utilizando las prendas sucias como alfombra para dormir sobre ellas. Lo más triste es que ni siquiera podíamos encender una fogata, no había ramas secas por ningún lado. 

Resignados y hambrientos nos acomodamos en el suelo, juntando nuestros cuerpos para conservar el calor. Era obvio que ninguno tenía ganas de dormir. Solo nos quedaba esperar los primeros rayos del Sol. 

Transcurrieron unos minutos y fue Carlos quien rompió el silencio: 

"Oigan, ¿están despiertos?". Todos murmuramos respondiendo afirmativamente. Carlos continuó: "A todos se les para, ¿cierto?..." 

"¿Vas a seguir con eso, pelotudo?", respondió Diego. 

"Hablo en serio. ¿Se les para o no?" 

"¡Sí, carajo!... ¡Se nos para!", contestó Luis. 

"Entonces, hagámonos una paja en grupo". Todos guardamos silencio, fingiendo no haber escuchado la propuesta de Carlos que, después de unos segundos, insistió: "¿Qué dicen?... Una pajita para entrar en calor". 

Pasaron otros cinco segundos antes de que Luis se incorporara para responder, "¿En serio?... ¿Quieres pajearte?". 

"¡Claro!. Estoy arrecho después de la 'empelotada' ahí afuera". 

Gonzalo también se sentó y preguntó, "¿De qué hablan?, ¿Qué es pajearse?". Todos reímos, ante la inocencia del "odiado del curso". 

Terminamos los seis sentados en círculo bajo el maloliente techo de paja. "No puede ser que no sepas", dijo Diego. 

"¿Entonces?... ¿Nos pajeamos?... No quiero ser el único", insistió Carlos. 

"Está bien. Yo me animo. Ya la tengo parada", dije. 

Todos nos bajamos los pantalones y calzoncillos y dejamos ver a los demás nuestras vergas erectas... Todos, excepto Gonzalo, que se dispuso a acostarse. Carlos no se lo permitió: "¡Oye!... ¡Es paja de grupo!... ¡TODOS debemos participar, estúpido!". Gonzalo volvió a sentarse junto a nosotros. "Pero ni siquiera sé de lo que hablan". El muchacho estaba hablando en serio. La conservadora y estricta educación recibida de sus padres había logrado que nuestro compañero sea, quizás, el único ser viviente de 17 años que no conocía la masturbación. Guiñándonos un ojo en señal de travesura y complicidad, Carlos se arrodilló frente a Gonzalo, fingiendo compasión, con los pantalones debajo del culo, sosteniendo su "pichi" parado con una mano. "No te preocupes. Voy a explicarte", le dijo. "Mira, 'hacerse la paja en grupo' significa que unos metan la verga en el culo de los otros". Todos quedamos sorprendidos. No sabíamos si reír o frenar el engaño. Gonzalo escuchaba atentamente la explicación de Carlos: "A ver... bájate el pantalón". Gonzalo nos miró buscando respuestas. Todos seguimos el juego, asintiendo seriamente con la cabeza. Se bajó el pantalón y el calzoncillo obedientemente. Entonces, Carlos continuó: "Bien. Ahora date vuelta y ponte en 'cuatro patas', como un perrito". Era increíble; pero Gonzalo obedecía cada instrucción de nuestro compañero. Finalmente, el inocente muchacho quedó a merced de Carlos, con el culo empinado. No sé si los demás pensaron igual; pero yo estaba seguro que la broma terminaría ahí; sin embargo, después de sonreírnos maliciosamente, Carlos cerró los ojos y llevó su pene al agujero de Gonzalo, introduciéndolo de una sola vez, sin compasión alguna, provocando los alaridos de la víctima, que lloraba de dolor. 

Intentamos oponernos; pero Diego nos detuvo con una simple mirada que parecía decir "no intervengan, él sabe lo que hace". 

Carlos comenzó a moverse y Gonzalo dejó de gritar. A los dos minutos, los gritos se habían convertido en jadeos de placer. 

"¿Qué se siente?", preguntó Luis, a lo que Carlos y Gonzalo respondieron juntos: "¡¡¡RICOOOO!!!"... 

"¡Déjame probar!", dijo Luis. Carlos se apartó de Gonzalo para cederle su lugar mientras el resto comenzábamos a pajearnos por cuenta propia, excitados por el espectáculo. Mientras Luis cogía a Gonzalo, Carlos se acercó a mí, sin dejar de menear su verga con la mano. "¿Y tú?... ¿Quieres probar también?", me preguntó. "Mmm... No sé... talvez...", respondí intentando contener mi curiosidad y las ganas que me invadían por completo. "¡Dale!", me animó. "Está bien. Después de Luis me toca", dije. Carlos rió diciendo "¿Estás loco?. Vas a matar al pobre imbécil de Gonzalo. No aguantaría a tres". 

Confundido le dije: "Entonces, ¿por qué preguntas si deseo probar?... ¿me animaste para dejarme caliente?". Carlos, aún meneando su pene respondió: "¿Eres estúpido?... Te digo si quieres probar conmigo". -"¿Contigo?... ¿dejar que me culees?... ¡Ni loco!"-. - "¿Ves que eres estúpido?... ¿Quieres cogerme o no?". Me quedé con la boca abierta y, sin discutir más, me puse las piernas de Carlos sobre los hombros y él tomó mi verga para guiarla a su culito. ¡Cómo disfrutamos!... Ver a Luis y a Gonzalo haciendo lo mismo junto a nosotros y mirar al resto pajeándose en calidad de espectadores me ponía más arrecho que nunca. 

Diego y Miguel no aguantaron la excitación y Diego se acercó a mí acercando su polla a mi boca. Tres segundos después se corrió y me tragué todo su semen. Luego Carlos cogió a Diego mientras yo culeaba a Miguel, quien ni siquiera tuvo que masturbarse para acabar en medio de un orgasmo de antología. 

Los seis terminamos agotados y jadeantes tirados sobre el piso. Todos estábamos desnudos nuevamente. Salí a mear al camino y Diego me siguió. Ambos orinamos en unos arbustos y fue entonces que Diego me dijo, "Oye, Ronny... ¿sabes?... Yo quiero hacerlo contigo". Mis ojos se llenaron de lágrimas. El chico más hermoso del colegio, a quien secretamente amaba desde hace varios años, me estaba pidiendo hacer el amor de la manera más tierna y sincera, revelando el lado oculto de su personalidad. Lo abracé y nos besamos apasionadamente. "Yo también quiero hacer el amor contigo", respondí. Él me observó sonriendo tiernamente por un instante y me dijo: "¡Qué bien!... Pero no lo haremos esta noche. No así. Quiero que sea especial para ambos. Lo haremos en el campamento, mañana por la noche". 

Estuve de acuerdo pues, aunque me moría de ganas, yo también deseaba que aquel encuentro fuera maravilloso, íntimo y personal. Volvimos al cobertizo y, a eso de las 4 o 5 de la mañana, el profesor de Matemáticas nos despertó con la luz de una potente linterna. Él, junto a 14 de nuestros compañeros, estuvieron buscándonos toda la noche. 

Espero tu opinión y comentarios. 

1 comentario:

  1. Esta muy chula espero que sigas la historia

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